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Edición | fibromialgia.nom.es 09/12/2009
Fuente | Revista CIMA Otonño 2007
En Medicina, se conoce como intolerancia aquel proceso según el cual, el organismo reacciona adversamente al contacto con
una sustancia determinada, de manera que el mismo produce una determinada reacción física que puede llegar a provocar
incluso la muerte. Las alergias respiratorias, las intolerancias alimentarias o la intolerancia química múltiple son claros ejemplos
de cómo, en ocasiones, nuestro organismo rechaza sustancias aparentemente inocuas.
El Doctor Enrique Martí Guadaño es Jefe del Servicio de Alergología
de la Clínica CIMA y cuenta con una dilatada experiencia en el estudio
y tratamiento de todo tipo de alergias, que no son más que una
reacción inmunológica alterada. Como afirma el Doctor Martí Guadaño, “existe una alergia cuando el sistema inmunitario no reconoce como normal
el contacto con una sustancia determinada”. Para llegar a la conclusión
de que el organismo rechaza el contacto con una sustancia existe
toda una batería de pruebas y análisis, totalmente indoloros, que ayudan
a identificar el origen de la reacción adversa.
Actualmente entre un 25 y un 30% de la población occidental padece
algún tipo de alergia, cifra que ascenderá al 50% para el año 2015, según
previsiones del Instituto Karolinska. Esto convierte a la alergia en uno de los problemas de salud más acuciantes del llamado Primer Mundo. Como
recuerda Enrique Martí, “no todas las alergias tienen la misma gravedad,
ni afectan de igual modo. Existen grados que van desde la levedad más
simple a la gravedad más extrema, cuando el contacto con una sustancia
puede producir la muerte”.
Dentro de las alergias, las más frecuentes son las llamadas respiratorias,
y entre éstas la Rinitis y el Asma. Las causas de estas afecciones son diversas,
aunque entre las más comunes pueden encontrarse los ácaros, presentes
en el polvo; los diferentes pólenes; las epiteliales (pelo) de animales
domésticos, sobre todo gatos y perros; y los hongos presentes en la humedad
ambiental.
8 de cada 10 alergias es respiratoria, las otras 2
se reparten entre alimentarias, medicamentosas
y por picaduras.Una persona de cada 150 padece de intolerancia al
gluten, presente en los alimentos compuestos de trigo,
cebada, avena o centeno
La Rinitis es una inflamación de los conductos nasales que se concreta
en estornudos múltiples y continuados, gran cantidad de mucosidad
con presencia de hidrorrea (molesto goteo nasal), y picor de
nariz. El Asma por su parte, se caracteriza por una dificultad para respirar,
con una sensación de falta de aire. Con un tratamiento adecuado
esta afección es reversible en la mayoría de casos.
El diagnóstico de las alergias se realiza en base a un completo historial
clínico y a una serie de pruebas cutáneas de contacto con diversas
sustancias. En unos 20 minutos se tiene el resultado, que se
completa con análisis para observar la presencia de inmunoglobulinas
anómalas.
Una vez detectada la alergia, el primer paso terapéutico es evitar todo
contacto con la sustancia que la provoca, cosa que en algunos casos,
como alergias alimentarias o medicamentosas es relativamente sencilla,
pero que en las respiratorias no lo es tanto. Además de evitar el
contacto, la terapéutica también cuenta con toda una serie de medicamentos
que contribuyen a evitar los efectos de la alergia. Entre éstos se encuentran los antihistamínicos, los broncodilatadores y los
antiinflamatorios. En este sentido, los medicamentos son cada vez
más efectivos y seguros, mejorando notablemente la calidad de vida
del paciente. El único tipo de tratamiento que puede variar el curso
de la enfermedad es, sin embargo, la vacuna. Eso sí, siempre que la
causa esté identificada y el alergólogo la crea necesaria.
Sobre la predisposición genética a padecer una alergia, el Doctor Martí
Guadaño sostiene que “existen determinados grupos familiares más
predispuestos a padecer problemas alérgicos”. A pesar de ello, recuerda
también que “no existe hoy por hoy prueba alguna que determine
fiablemente si hay predisposición a padecer una alergia
determinada, aunque sí que existen indicadores”. Es cierto que se están
llevando a cabo en la actualidad diversos estudios genéticos para
determinar factores como el “gen del asma”, que permita prevenir si
una persona puede llegar a padecer dicho problema.
Como se ha comentado, las alergias respiratorias son mayoritarias,
de hecho, de cada 10 alergias, 8 son de este tipo. Las otras 2 se reparten
entre alimentarias, medicamentosas o por picaduras.
Las intolerancias
alimentarias
Como apunta el Doctor Modesto Varas, Jefe del Servicio de Aparato
Digestivo de CIMA, cabe distinguir dos grupos dentro de las llamadas
intolerancias alimentarias; por un lado las alergias a determinados alimentos
o intolerancias alimentarias propiamente dichas, entre las que
destacan la intolerancia a la lactosa y al huevo; y la celiaquía o intolerancia
al gluten. Esta diferenciación se debe a una cuestión capital, “la
celiaquía, a diferencia de las intolerancias alimentarias, produce una
afectación del organismo en forma de atrofia del intestino”, señala el
Doctor Varas.
La enfermedad celíaca, en personas predispuestas genéticamente, está
producida por una reacción alérgica del intestino al gluten (gliadina),
proteína que se encuentra en los alimentos que contienen trigo, cebada,
centeno o avena. Su prevalencia es de 1/150. Es una enfermedad de
por vida, aunque el diagnóstico se realiza tardíamente, frecuentemente
en la edad adulta. Los síntomas clásicos incluyen pérdida de peso,
distensión abdominal, gases, diarreas (por mala absorción intestinal),
anemia ferropénica, osteoporosis, debilidad y abortos recurrentes
Se estima que entre un 30 y un 50%
de la población “sana” sufre
intolerancia a la lactosa, la alergia
alimentaria más común
La celiaquía puede diagnosticarse con análisis de sangre (anticuerpos
como el Antiendomisio y la Transglutaminasa tisular que poseen muy
buena sensibilidad y especificidad); pero es necesario examinar una muestra
de tejido intestinal, obtenida por endoscopia (biopsia) para confirmar
el diagnóstico histológico. La celiaquía es una enfermedad crónica tanto
en el niño como en el adulto, pero la salud es buena si se sigue una dieta
estricta sin gluten; los alimentos que deben evitarse incluyen aquellos que
contienen harina de trigo como el pan y sus derivados, pasteles, galletas,
conservas, así como los que contienen centeno, cebada o avena.
Para prevenir recidivas, deficiencias nutritivas (especialmente patología
ósea) y complicaciones autoinmunes o neoplásicas (linfoma intestinal y
adenocarcinomas digestivos), se recomienda una dieta estricta exenta de
gluten. Se están ensayando tratamientos alternativos que incluyen una
vacuna todavía en experimentación.
Entre las intolerancias o alergias alimentarias, la intolerancia a los azúcares
(lactosa, fructosa, sacarosa) es muy frecuente; concretamente la
intolerancia a la lactosa se presenta en el 30-50% de la población “sana”,
con síntomas como diarrea, dolor abdominal, y gases, que en ocasiones
se han atribuido a un colon irritable, y en realidad son debidos a la mala
absorción de azúcares o carbohidratos. El diagnóstico se puede realizar
de forma sencilla por el test del aliento con la determinación del H2 en el
aire espirado después de la administración oral del correspondiente carbohidrato.
Su eliminación de la dieta (productos lácteos en el caso de la
intolerancia a la lactosa, y frutas en el caso de la intolerancia a la fructosa)
produce resultados espectaculares.
Más allá de la celiaquía, las alergias alimentarias más frecuentes lo son a
las proteínas de la leche de vaca y de la clara del huevo, a los pescados,
crustáceos y mariscos, y a las frutas y legumbres. Estas alergias suelen
producir síntomas cutáneos agudos (urticaria, etc…), síntomas digestivos
agudos (náuseas, vómitos, dolor, diarrea), y en un pequeño porcentaje de
casos, anafilaxia generalizada. El único tratamiento eficaz es la dieta de
exclusión o eliminación del alergeno.
La intolerancia
química múltiple
Como señala el Doctor Ferran J. García, Jefe del Servicio de Reumatología
de CIMA, en su libro Abriendo Camino, “el trastorno en la respuesta fisiológica
de determinados individuos frente a una multiplicidad de agentes
y componentes que se encuentran en el medio ambiente, alimentos o incluso
medicamentos, recibió la denominación de Intolerancia Química Múltiple
(IQM) o Síndrome de Intolerancia Química Múltiple en los años 80”.
Tanto por su origen como por sus características es objeto de intensa discusión
porque la mayoría de los "casos" de este trastorno tienen muy pocos
aspectos comunes, dada la variedad de síntomas que presentan las personas
afectadas y el grado mismo de su afectación. También existe una
clara controversia en cuanto a los criterios médicos que hay que aplicar
para su diagnóstico. Y es posible, además, que no se trate de un solo trastorno
sino de muchos trastornos distintos que obedezcan a diferentes
mecanismos.
Las estimaciones de los casos existentes de este trastorno o condición en
la población son absolutamente dispares. En EEUU sería del orden del 2%
hasta algo menos del 10 % de la población general. Entre las personas
afectadas hay un predominio de mujeres y, si bien hay unas manifestaciones
que son las más frecuentes (en el sistema nervioso central, respiratorio
y gastrointestinal), en general, pueden tener su origen en cualquier
sistema. Inicialmente, al estudio de este tipo de trastornos, así como a la
búsqueda de soluciones, se les dio un enfoque estricta y exclusivamente
médico. Los profesionales que los trataban se consideraban especialistas
en "ecología clínica".
El sufrimiento de algunas de las personas afectadas puede llegar a ser
importante como consecuencia de los padecimientos físicos de la enfermedad
y de las limitaciones de vida a que frecuentemente se ven sometidas,
al reducir drásticamente su capacidad laboral y su autonomía personal:
el entorno físico y/o el ambiente químico fácilmente les resultan hostiles,
por lo que deben evitar aquellos entornos que, por propia experiencia, han
comprobado que les causan reacciones indeseadas o adversas.
Por todo ello, la consideración de los afectados dentro de la sociedad es
realmente muy discutida: a menudo están en entredicho, son víctimas del
rechazo médico y social por ser considerados como simuladores y, en consecuencia,
no obtienen el lógico beneficio de una atención sanitaria y de
otras prestaciones adecuadas a su situación. No hay duda de que se trata
de un trastorno, o grupo de trastornos, que ocasionan sufrimientos cuya
magnitud no se puede evaluar más que por las consecuencias físicas, psicológicas
y sociales en las personas que los padecen.
Hay una gran variedad de situaciones y/o condiciones de las personas afectadas
difíciles de distinguir. De hecho, no todas las denominaciones empleadas
para este tipo de trastornos significan exactamente lo mismo.
Diversos estudios apuntan que entre un
2 y un 10% de la población general en
EEUU padece de Intolerancia Química
Múltiple
Los agentes causantes son de lo más variado; van desde agentes ambientales,
como las pinturas y el humo, pasando por plaguicidas y disolventes
hasta el calor o el herpes zoster, incluidos alimentos, aditivos
alimentarios, y medicamentos. Así mismo, los síntomas manifestados
varían ampliamente según los sistemas afectados y, dentro de cada
uno de ellos, hay distintas variantes. No obstante, los más frecuentes
son dolor de cabeza, mareo, debilidad, confusión, dificultad de concentración,
opresión pectoral, trastornos gastrointestinales, ansiedad
y disnea.
La mitad de las personas afectadas manifiestan tener dolor de cabeza,
debilidad, problemas de memoria, falta de energía, congestión nasal,
dolor o compresión en la garganta y molestias en las articulaciones (de
los sistemas nervioso central, neuromuscular, respiratorio, y esquelético,
respectivamente), alrededor de casi un tercio refieren otros síntomas,
de otros sistemas orgánicos, como son dolor abdominal, náuseas,
trastornos visuales, opresión pectoral, etc. Todos estos síntomas
son referidos por los afectados por la IQM con una frecuencia mayor
que por la población general, especialmente los que se refieren al sistema
nervioso central, la piel, vías bajas del aparato respiratorio, y los
generales de tipo sistémico.
Una cuestión importante es lo limitado de los datos existentes sobre
la exposición química, tanto la inicial, a partir de la cual se desarrolla
el proceso, como de las posteriores, desencadenantes de las nuevas
crisis o episodios subsiguientes. Mientras en un estudio el 80% de los
afectados dicen saber, cuándo, dónde y qué sustancia originó el trastorno
(el 60% de los cuales lo relacionan con los plaguicidas), en otro
la mayoría de los participantes es incapaz de identificar todas estas
circunstancias.
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