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Edición | fibromialgia.nom.es 01/11/2009
Síndrome de fatiga crónica y su relación
con la fibromialgia
J. Fernández-Solà
Médico consultor. Coordinador de la Unidad de Fatiga Crónica. Servicio de Medicina Interna. Hospital Clínic-IDIBAPS.
Barcelona. Profesor asociado de Medicina. Universitat de Barcelona. Barcelona. España.
Desde que en 1988 el Center for Disease Control
(CDC) de Atlanta (Estados Unidos) fijó los criterios
clínicos para la definición de caso de síndrome de
fatiga crónica (SFC)1, y su posterior actualización
por Fukuda et al2 en 1994, hemos asistido a un
progresivo afloramiento de la realidad clínica de
esta enfermedad. A partir de estos criterios, se ha
desarrollado una tarea de detección diagnóstica y
control clínico, realizada esencialmente en el ámbito
de la medicina interna en centros de segundo o
tercer nivel asistencial. Es destacable la dificultad
que ha habido para implicar a los médicos de atención
primaria en esta sistemática asistencial. El SFC
se ha incorporado progresivamente al diagnóstico
diferencial de los diferentes estados de fatiga, sea
primaria (fatiga persistente o crónica idiopática) o
secundaria (fatiga asociada a otras enfermedades
reumatológicas o sistémicas)3,4. Sin embargo, este
proceso no ha estado exento de dificultades, imprecisiones
y conflictos, fruto de la peculiaridad clínica
de esta enfermedad, y por la ausencia tanto de
marcadores diagnósticos específicos como de un
tratamiento etiológico efectivo5.
La falta de un marcador analítico o bioquímico específico
hizo pensar inicialmente que estos criterios,
basados únicamente en datos clínicos y, por
tanto, relativamente subjetivos, no serían útiles para
el diagnóstico6. Nada más lejos de la realidad. La
utilización estricta de los criterios, de Fukuda et al,
en los que debe valorarse específicamente la presencia
y características de la fatiga y de los demás
síntomas asociados (febrícula, artralgias, mialgias,
cefalea, odinofagia y trastornos del sueño y del estado
de ánimo) ha mostrado una elevadas especificidad
y sensibilidad. Sin embargo, siempre deben
considerarse las causas de exclusión que los mismos
criterios establecen (enfermedades previas orgánicas
o mentales que cursen con fatiga o la obesidad
mórbida). Actualmente, la diferenciación
entre las enfermedades primariamente mentales o
psicosomáticas y el síndrome de
fatiga crónica es posible y de fácil realización
por facultativos con experiencia7.
Respecto a su incidencia, se ha comprobado que
se han cumplido las previsiones iniciales realizadas
en estudios epidemiológicos como el de Wichita
(Estados Unidos)8, llegando a la afectación poblacional prevista, de un caso por 1.000 habitantes.
Ello supone la existencia de al menos unos 6.000
casos de SFC en Catalunya, y de 40.000 en toda España9.
Creemos que actualmente ya se han diagnosticado
aproximadamente la mitad de los casos
existentes.
El perfil clínico de caso de síndrome de
fatiga crónica es muy homogéneo4,10,11.
El inicio de la enfermedad se produce de
una manera aguda en personas previamente sanas,
entre la segunda y la cuarta décadas de la vida, y
afecta más a las mujeres que a los varones, entre 3
y 5 veces más. Es curiosa la mayor incidencia de
SFC entre el personal sanitario o con actividades de
relación pública o social o con elevada movilidad,
hecho que hace pensar en la posible implicación
epidemiológica de los virus y factores tóxicos o
ambientales en su desencadenamiento. También
llama la atención su menor incidencia en edades
extremas de la vida, como sucede con la mayor
parte de enfermedades de origen inflamatorio o autoinmune11.
Asimismo, se han identificado muy claramente
los distintos factores precipitantes de este
síndrome. En más de la mitad de casos existe un
antecedente de enfermedad infecciosa aguda que
se puede corroborar, habitualmente viral. Los virus
más frecuentemente implicados son el Epstein-Barr,
el citomegalovirus, el herpesvirus tipo 6 y el parvovirus
B1912. También se ha implicado la infección
por Chlamydia y Mycoplasma. En cualquier caso,
son gérmenes que pueden permanecer de forma
crónica o incluso permanente, llegando a integrarse
en el genoma celular de las células musculares o
neuronas del paciente. Actúan como gérmenes defectivos,
alterando el funcionamiento energético y
metabólico del paciente. Otros factores precipitantes
corroborados son las intoxicaciones por insecticidas
organofosforados, disolventes y por monóxido
de carbono, las situaciones de hipersensibilidad
ambiental (hipersensibilidad química múltiple, síndrome
del edificio enfermo, síndrome de la Guerra
del Golfo) y también las situaciones de alteración del
ritmo o calidad del sueño y las de estrés psicológico
intenso (mobbing, estrés postraumático)4,11.
Cualquiera que sea el mecanismo precipitante, en
el síndrome de
fatiga crónica se desencadena un trastorno fisiopatológico
común aún poco conocido, pero que conlleva una disfunción de la respuesta inflamatoria y/o inmunológica
no específica, con producción de sustancias
activas circulantes (interferones, interleucinas,
péptidos vasoactivos, autoanticuerpos), cuya naturaleza
y cantidad pueden ser variables de un paciente
a otro. Ello conduciría a una disfunción de
la respuesta inflamatoria, energética e incluso neuroendocrina
y a una disregulación de diversos mecanismos.
Entre ellos, se altera la tolerancia al
ejercicio, que desencadena la fatiga; el eje corticosuprarrenal,
que desencadena disautonomía; el eje
tiroidal que desencadena hipotiroidismo autoinmune,
y el eje hipotálamo-hipofisario, con alteraciones
de la hormona del crecimiento y de las gonadotrofinas.
A pesar de esa diversidad de alteraciones,
ninguna de ellas es específica, ni siquiera homogénea,
en la mayoría de pacientes, lo que dificulta la
concreción fisiopatológica de este síndrome6. Recientemente,
se ha propuesto que esta enfermedad
podría estar entre los denominados síndromes autoinflamatorios
sistémicos13.
También hemos podido corroborar las dificultades
en el manejo cotidiano de estos pacientes11,14. Actualmente,
sólo se les puede ofrecer un tratamiento
con pretensión paliativa, no curativa, basado en una
aproximación multidisciplinar y sustentado en el trípode:
tratamiento farmacológico con analgésicos o
antinflamatorios de soporte; terapia de rehabilitación
funcional con ejercicio físico aerobio, progresivo
y adaptado, y terapia de soporte psicológico,
específicamente la de tipo cognitivo conductual.
Todo ello para mejorar la adaptación del paciente a
su enfermedad y, en último término, su calidad de
vida11,15.
Uno de los aspectos que mejor se ha definido en el
síndrome de
fatiga crónica es el curso natural de la enfermedad. Se trata
de una enfermedad uniformemente crónica, que
cursa sin mejoría significativa, y que habitualmente
mantiene el grado de afectación inicial con oscilaciones
transitorias. Sin embargo, es importante destacar
que el SFC no tiende a empeorar de forma
progresiva. En la mayor parte de series evolutivas
de SFC, entre un 60 y un 80% de los pacientes no
pueden realizar una actividad laboral mantenida a
los 5 años de su diagnóstico, corroborando la elevada
incidencia de invalidez funcional y laboral en
estos pacientes14,16. No se ha demostrado que el
SFC modifique la mortalidad ni la incidencia de neoplasias
y, aunque se han descrito casos de acúmulo
familiar, no hay datos concluyentes acerca de su
potencial transmisión hereditaria. El embarazo no
modifica significativamente el curso de la enfermedad
establecida aunque, en algunos casos, puede
actuar como factor precipitante de ésta en la madre,
sin afectar al feto17.
Es muy llamativo el hecho de que cuando el síndrome de
fatiga crónica lleva un tiempo de evolución, con frecuencia, se
asocia a otros síndromes o enfermedades relacionadas11.
Entre ellos está la fibromialgia (FM), el colon irritable, la disautonomía, la dismenorrea, el síndrome
seco ocular y bucal inmunológicamente negativo,
la tiroiditis autoimmune, la disfunción temporomandibular,
la distimia, las manifestaciones
alérgicas no específicas y una mayor incidencia de
infecciones bacterianas y fúngicas no graves (faringitis,
bronquitis, infecciones urinarias y candidiasis
mucocutánea). Estos síndromes asociados al SFC
deben buscarse dirigidamente y tratarse adecuada y
activamente, ya que ello contribuye a estabilizar la
situación clínica del paciente.
Una de las entidades que más se relaciona con el
síndrome de
fatiga crónica es la FM18. De hecho, hay que seguir entendiendo
a la FM y al SFC como 2 enfermedades diferentes,
con criterios propios y diferenciables, ya
que hay pacientes que tienen sólo manifestaciones
clínicas de una de ellas. Sin embargo, en el curso
evolutivo, los síntomas de ambas enfermedades
suelen superponerse hasta el punto de que cuesta
diferenciarlos. Por ello, uno puede preguntarse si
estamos viendo, en realidad, la misma enfermedad
con 2 facetas evolutivas distintas. La coexistencia
de FM en pacientes con SFC que llevan más de
5 años de evolución llega a ser de un 50-70%. Sin
embargo, el patrón de dolor en estos casos es algo
diferente al de la FM primaria, y afecta más a las
extremidades inferiores y menos a la zona axial. En
cuanto a su intensidad, la FM asociada a SFC no
suele sobrepasar el estadio II, sobre III, de la escala
de afectación vital19. También se ha descrito y corroborado
la asociación de SFC en pacientes con
FM evolucionada11. En estos casos, la intensidad
del SFC suele ser leve (grados I a II sobre IV), pero
puede complicar de manera significativa la evolución
del paciente ya que añade al componente de
dolor de la FM el de invalidez funcional del SFC
por fatiga a pequeños esfuerzos físicos o mentales.
Es destacable la actitud positiva y la respuesta social
que han tenido los pacientes afectados de estas
2 enfermedades. Han realizado un gran esfuerzo
de integración que ha llevado a la creación de asociaciones
específicas. Conjuntamente con los profesionales
sanitarios implicados, la sociedad civil y la
administración sanitaria se han creado fundaciones
para la promoción de la atención e investigación
en estas enfermedades. Mención especial merece el
informe técnico sobre síndrome de
fatiga crónica realizado por la Agència
Catalana d’Avaluació de Tecnologia i Recerca Mèdica9
y los 2 documentos de consenso de la situación
de la FM19 y del SFC20 en Catalunya, que reflejan
claramente la situación real y las vías potenciales
de atención a los pacientes. Fruto reciente de esta
línea de actuación ha sido la apertura de las primeras
unidades específicas de SFC y de tratamiento de
FM dentro de la Unidad de Dolor Crónico, ambas
ubicadas en el Hospital Clínic de Barcelona, en
concierto con el Servei Català de Salut. La experiencia
inicial es muy positiva, y corrobora que una
aproximación multidisciplinar facilita el proceso diagnóstico y el mejor abordaje terapéutico posible
a pesar de las claras limitaciones existentes en la
actualidad.
Los profesionales implicados en estas unidades vivimos
aún la creciente presión del gran número de
pacientes en proceso diagnóstico y sin una orientación
terapéutica adecuada. Creemos que las unidades
de SFC y FM deben trabajar conjuntamente e
interrelacionarse estrechamente con las asociaciones
de pacientes. Se debe potenciar la creación de
nuevas unidades descentralizadas y estrechamente
relacionarlas con los circuitos de atención primaria
y especializada de cada zona asistencial (medicina
de familia, reumatología y medicina interna). Sólo
así conseguiremos normalizar la situación de estas
2 enfermedades que aún dista de ser adecuada,
digna y estable. La investigación fisiopatológica y
terapéutica debe hacer el resto, hasta encontrar en
el futuro los mecanismos intrínsecos que alteran la
sensación de dolor y de fatiga de una forma tan
peculiar en estas 2 enfermedades, sin duda interrelacionadas.
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